Estación Otoño (2014)

Autor: Diego Muñoz C.

José Manuel Presidente Avendaño lleva realizando el mismo ritual y el mismo viaje a Constitución desde hace más de sesenta años. Sentado en uno de los vagones del ramal ,que durante tantos años él condujo, el recuerdo de Carmen y de los amores truncados por su incapacidad de amar se van mezclando con los paisajes del ferrocarril y el Río Maule. De Talca a Constitución y pasando por estaciones intermedias la historia se va desarrollando en lugares reales pero anacrónicos.

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otoñox


La fría brisa de la mañana esparcía el olor de las violetas por todo el lugar, esa misma brisa fue la que obligó a la encorvada figura a dejar la improvisada maceta a base de bolsas a sus pies. Era inevitable, siempre que viajaba el día amanecía nublado con el característico frío maulino, ese que penetra los huesos como agujas, pero ya estaba acostumbrado, gran parte de su vida la pasó haciendo el mismo recorrido, el mismo viaje y siempre bajo el mismo cielo grisáceo que lo ha acompañado durante las sesenta veces que ha emprendido el largo camino a Constitución los últimos sesenta años.

La atmósfera de la estación es rota por el frágil resonar de la bocina del buscarril. Parado en el andén José Manuel Presidente Avendaño dueño de una encorvada figura se agachó para coger sus violetas mientras un oxidado cartel metálico con la leyenda “ramal” era testigo mudo de la escena y de más de cien años de ir y venires.

-Te retrasaste dos minutos- refunfuñó José Manuel a su viejo amigo de metal mientras este le respondía con un asiento más duro que de costumbre, era el modo que tenían ambos viejos de saludarse. José Manuel puso las violetas en el asiento de su derecha y observó como el vagón vacío albergó sólo a cinco pasajeros más, atrás habían quedado los tiempos en que cada viaje era con capacidad completa. Lentamente el motor Diésel de la máquina comenzó la marcha, el ruinoso hormigón de la estación de Talca comenzaba a quedar atrás. Con un dejo de nostalgia José Manuel Presidente la vio alejarse siempre arrogante en el horizonte negándose a desaparecer aún luego del fuerte terremoto. El anciano la había visto del mismo modo aquel día de Diciembre en que había llegado a Talca durante el día y pese a las advertencias que el viento y las hormigas le habían hecho llevó a una preciosa joven al teatro cuando la ciudad se sacudió destruyéndose casi por completo, tendrían que pasar diez días para que José Manuel se enterara de la muerte de Carmen y decidiera volver a Constitución.
Un espasmo metálico le avisa que ha llegado a la costera ciudad. El cielo gris comienza a rasgarse con las pinceladas azulinas de la brisa marina, la misma que ha llevado al anciano hacia su destino: el cementerio de Constitución. Arrastrado por el olor de las violetas José Manuel Presidente Avendaño recorre sin vacilaciones el homogéneo damero para finalmente encontrarse, en la parte más antigua y olvidada, frente a un gran muro de violetas que lo absorbe en su marcha.
Él es la única persona que se adentra en esa selva de violetas que no guarda secretos para con él.
-Te traje unas violetas- Dijo una vez que estuvo en medio de la selva florida- Sé que son tus favoritas.
Agachado con esfuerzo planta las flores a los pies de la muchacha que lo observa fijamente. No importa cuánto le hable, ella jamás emite palabra alguna. Una vez finalizada su ardua labor y con el gran esfuerzo de sus oxidadas rodillas se sienta a su lado y contemplan las solitarias nubes que deambulan sobre ellos. Ella era el amor de su vida, pero él lo supo demasiado tarde…

Estación de Talca, vista de locomotoras y ramal

Estaciòn de Talca hacia fines de los años 40, a la izquierda puede observarse la locomotora del Ramal Talca-Constitucion. Fuente: http://www.memoriachilena.cl

En un improvisado mesón junto al horno de barro, Digno Avendaño amasaba vigorosamente la masa para el pan que iría a vender a Constitución. El horno aún no estaba a la temperatura adecuada cuando un problema de último minuto exigió su atención y dado que no podía dejar la masa sola porque Zumaeta, su perro regalón, siempre se la robaba, decidió guardarla en el horno hasta que solucionara el menester pero el inconveniente le tomaría más minutos de los que él creía y para cuando volvió encontró al pequeño niño desnudo dentro del horno.
-Vaya suerte la mía- exclamó mientras envolvía al pequeño muchacho en las telas de un quintal de harina. Por demorarse unos minutos de más la masa no fue pan sino un niño, y dado que fue él quien lo amasó ahora debía hacerse responsable. Presidente José Manuel lo bautizó en honor al elegante señor que hace poco había inaugurado las obras del nuevo ferrocarril de trocha angosta que traería el progreso a sus tierras.
El pequeño bote avanzaba con dificultad luchando contra la briosa corriente del Maule, en un extremo el pequeño Presidente José Manuel sosteniendo el blanco bolso con mercadería veía una ribera que cada vez se hacía más lejana, los tiempos en que el ferrocarril atravesaba por el imponente puente de hierro aún son un sueño.
Por la extensa playa de finas arenas negras y majestuosos roqueríos, José Manuel junto a su padre recorre vendiendo las empanadas que hace unas horas habían amasado. Nunca olvidará ese día, en medio de la multitud vio una pequeña niña que emanaba un aire de altanería que le impidió en esa ocasión advertir su mirada tierna imposible de disimular que tanto le cautivaría ochenta años más tarde. Absorto en la elegante aparición que tenía frente de si no se percató que su padre le decía que era hora de irse y vino a darse cuenta por el tironeo y el golpe que le llegó luego, tampoco se percataría del pequeño sismo unas horas más tarde. No la volvería a ver en mucho tiempo.
Una vez en el bote que los llevaba de regreso, los rieles del ramal ya casi alcanzaban el río, y fue en ese momento que Digno Avendaño decidió abandonar el pan y las empanadas para trabajar en la construcción del majestuoso Puente Banco de Arena. Ochenta años más tarde José Manuel Presidente a bordo del ramal recordaría como aquella estructura de hierro le arrebató a su padre aquel fatídico día en que la corta mecha de la dinamita no le dio tiempo para ponerse a cubierto. Irónicamente aquel puente y aquel ferrocarril responsables de su desgracia fueron años más tarde los que le brindaron un nuevo amanecer.
Con el correr de los años siguió visitando el balneario con su padre, pero nunca logró encontrar entre la multitud esa cabellera color noche ni las delgadas y elegantes manos. Finalmente cuando el majestuoso puente estuvo terminado y el ferrocarril alcanzó la costa lentamente la fue olvidando así como también el dolor por la pérdida de su padre le era un lejano recuerdo. Jugando con el fiel Zumaeta se enteró de la desgracia por el errático vuelo de las aves a las que siguió sin perder de vista hasta tropezar con la improvisada “animita” hecha con clavos y trozos de riel ocupados en la construcción ferroviaria. Un dolor indescriptible se apoderó de sus entrañas y con una mueca en su rostro algo crujió en su corazón, dicho sonido enmudeció a los pájaros durante unos minutos y todo a su alrededor quedó en silencio. Cuando por fin el sonido volvió José Manuel Presidente emprendió el camino a casa nuevamente atravesando el titán de hierro responsable de su desdicha, sin embargo en su rostro no había emoción alguna.

Vista de la construcción del Banco de Arena, 1910

Construcciòn del puente Banco de Arena, 1910. Fuente: http://www.memoriachilena.cl

El vapor de la locomotora se camuflaba en el cielo gris matutino, José Manuel Presidente conduciendo la furiosa máquina conoce las estaciones como la palma de su mano, sabe dónde baja el señor con el oscuro sombrero proveniente de Toconey y espera siempre unos minutos a la inmensa señora Flor en Forel, más de una década lleva haciendo el recorrido bajo el gris firmamento por lo que conoce todas las rutinas e incluso la vida de muchos de sus pasajeros sin que ellos se percaten de su existencia, quizás por esto su estación favorita era Huinganes, allí sólo subía un pasajero que siempre lo saludaba pero que nunca veía bajarse.
Su vida era simple, ir y venir, salir por la mañana y volver con la locomotora acompañando al sol, cruzaba un extenso territorio sin embargo de los poblados y ciudades sólo conocía sus estaciones o así lo era hasta aquel día en que el sol se quedó estático en el cielo.
Eran las dos de la tarde cuando llegó con el tren a la estación en Talca, al bajarse notó de inmediato que el sol estaba más alto de lo normal y al consultar su reloj comprobó que había llegado con dos horas de adelanto, no había hecho muchas detenciones durante el viaje así que lo atribuyó a eso. Revisó los vagones por última vez y caminó por la estación hasta encontrar una silla, debía salir a las seis por lo que una vez sentado se dispuso a dormir. Cuando despertó el sol estaba en la misma posición, nuevamente consultó su reloj para descubrir que aún eran las dos de la tarde por lo que aburrido ya de tanto descansar se dirigió a hablar con el inspector de la estación que se encontraba contando unos boletos.
-Oiga Inspector, ¿hasta cuándo van a ser las dos?
-Fijese que ya llevamos cerca de cuatro horas siendo las dos- dijo sin apartar la mirada de los boletos de cartón- será mejor que vaya a pasear que el sol no tiene ni pinta de querer moverse
Siguiendo aquel consejo salió de la estación y se encontró con una ordenada plaza. Decidió caminar hacia el poniente, no tenía un destino prefijado, simplemente caminaba en línea recta siempre pendiente del sol que no se movió ni un solo centímetro, estaba seguro de aquello ya que cada cierto tiempo extendía su mano y contaba los dedos que habían entre el sol y el horizonte. Estaba en eso cuando por entre sus dedos la vio a lo lejos sentada en un banco con su reconocible cabellera azabache y su elegante silueta, siguió caminando en línea recta para encontrarse con ella y cuando estuvo cerca pudo sentir su altanería y orgullo quijotesco típico del talquino.
-Hola- Le dijo desde atrás obligándola a voltearse y pudiendo observar en sus ojos el viento de otoño.
-Hola- Dijo ella dibujando una humilde sonrisa con sus labios que enmarcaron su tierna mirada.
Era inexplicable, un completo extraño se cruza en su camino y ambos entablan una conversación bajo un sol inamovible y sin embargo ella sentía como si lo conociera hace mucho. Caminaron por horas (siempre siendo las dos de la tarde) hasta que ella tuvo que partir, sólo salía de su casa una vez al día, tomaba el tranvía y observaba la ciudad a través de sus ventanillas para luego volver a los quehaceres del hogar, estaba condenada, otros ya habían decidido su destino y romperlo sería una traición.
Caminaron hasta la estación y el la despidió con un abrazo, ambos se quedaron mirando y sus sonrisas se encontraron y rozaron tres fugaces veces mientras la ciudad se sacudía por el sismo que ellos apenas notaron. La vio alejarse en el tranvía en dirección al poniente junto con el sol, fue en ese momento cuando se percató que el tiempo había vuelto a correr. Consultando su reloj apuró el paso y se internó en la estación, ya casi eran las seis, era hora de partir.

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Locomotora cruzando puente Banco de Arena, 1916. Fuente: http://www.memoriachilena.cl

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Plaza Italia (la Loba), de fondo puede apreciarse la estación de trenes, primera mitad del siglo XX

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Locomotora en estación de Talca

No entendía por qué, pero aquel desconocido se entrometía en sus pensamientos todos los días y sin razones, volviéndola torpe en sus quehaceres domésticos haciendo que anhelara la hora de su paseo diario en tranvía. Cuando el momento llegaba lo buscaba entre la gente que mueve el viento y finalmente lo encontraba en la estación donde siempre lo dejaba, sólo contaban con dos horas hasta las seis pero transcurrían como minutos.
-Ven conmigo- Le dijo José Manuel- Toma el tren y vámonos a la costa
-No puedo- Dijo ella corriendo la mirada- debo estar en casa
-Volverás mañana
-Mi familia tiene arreglado mi matrimonio, ya hay planes para mí
-La vida no tiene planes, eso es lo bonito de vivirla
-No puedo… hay planes…
Ambos se abrazaron y ella le dio la espalda mientras se alejaba
-¡Espera Carmen! -Dijo luego de unos segundos tomándola por el costado- no te puedo dejar ir.
Ambos subieron al ferrocarril y emprendieron el viaje a Constitución. Conversaron durante todo el recorrido, Carmen ya no podía volver, no quería volver; ahora era libre.
-¿Cuál es tu estación favorita?- Le preguntó mientras pasaban por Huinganes y el señor de negro abordaba el tren.
-Otoño- respondió ella y José Manuel no pudo evitar soltar una risa que hizo sonrojar a Carmen de la misma manera en que se sonrojaría luego en el borde mar de Constitución.
La fantasmagórica procesión de pescadores difuntos entraba con antorchas a la piedra de la Iglesia haciendo que esta resplandeciera como una joya, esta era la única luz que permitía a Jose Manuel guiar a Carmen por entre los roqueríos de la costa.
-Cuidado con el pie…- Alcanzó murmurar tardíamente pues Carmen ya había perdido el equilibrio y ambos cayeron suavemente en una cuna monolítica mientras reían, se miraron a los ojos y sólo pudieron ver el haz de luz de la procesión reflejado en ellos mientras sus cuerpos no esperaban lo que llaman amor. Un sonoro ruido subterráneo despertó a la ciudad y luego el terremoto la sacudió.
Años después José Manuel Presidente Avendaño encontraría la mirada de Carmen, su elegante figura, sus manos y su sonrisa dispersa en innumerables mujeres y no pudo evitar encontrarse y seguir a cada una de ellas y, aunque no amaba a ninguna, las conquistaba porque buscaba en ellas a Carmen, a quien irónicamente ya tenía pero tampoco amaba. No sentía remordimientos, no sentía vergüenza, la verdad es que no sentía nada. No sintió nada tampoco aquella mañana en que el viento deshojo las violetas que Carmen lamentó cuando salieron de casa y abordaron el ferrocarril como lo llevaban haciendo hace años, el manejaba la máquina mientras ella sentada junto a la ventanilla observaba serpentear el río Maule hasta la estación Infiernillo, donde bajaba todos los días a comprar víveres y esperaba que José Manuel volviera por ella en el ferrocarril durante la tarde.
Ya en Talca, un millar de hormigas subieron por el pantalón de José Manuel pero este se sacudió con fuerza y logró sacárselas antes de que la joven muchacha se percatara. Ella esbozó la misma sonrisa de Carmen mientras él la tomaba por el brazo y juntos caminaron en dirección al teatro; para él no era algo nuevo, lo había hecho muchas veces y siempre con una Carmen distinta. En medio de la función la ciudad comenzó a estremecerse por un fuerte terremoto que casi la destruye por completo. José Manuel Presidente Avendaño supo de inmediato que algo tenía que ver con Carmen… pero no le importó. Esa tarde Carmen había saltado desde el puente Banco de Arena a las tormentosas aguas del rio Maule.

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Piedra de la Iglesia, Constitución

La pesada máquina se detuvo junto a su gemelo proveniente de Constitución mientras la gente bajaba de los vagones en la estación Infiernillo. Entre la multitud el maestro de escuela bajó hacia el río esperando al barquero que lo cruzara hacia la otra orilla donde se ubicaba la escuela, pero este no llegaba y el frío le estaba pasando la cuenta, mientras en Talca era verano aquí el invierno aún rehusaba retirarse y se reprochó haber dejado su bufanda en la ciudad. Volvió a la estación para refugiarse bajo su alero tiritando frenéticamente cuando apareció ella.
-Tome- le dijo extendiendo en sus finas manos una bufanda color rojo.
-No es necesario señorita- inquirió el maestro guardando su compostura.
-Está tiritando como un perro, tome- Agregó ella mientras él tomaba la prenda.
-Se la devolveré mañana- exclamó el mientras veía como la generosa mujer se alejaba.
Al día siguiente la esperó en la estación y se acercó a ella para devolvérsela, pero esta se rehusó diciéndole que le gustaba tejer y que era un regalo.
-Por último déjeme invitarla a tomar un café en la escuela- dijo mirándola a sus cálidos ojos
-Está bien, pero sólo uno- dijo ella mientras cruzaban en bote el caudaloso río Maule.
-¿Y qué hace usted a parte de enseñar? –
-Bueno, a veces escribo poesía, pero no soy muy bueno- confesó el poeta.
-Tendrá que dejar que yo misma lo juzgue – dijo Carmen revolviendo su café.
Todos los días casi como un ritual ambos se encontraban en la estación y cruzaban el río, él con su bufanda roja y ella con sus elegantes manos frías que él tomaba para darle un poco de calor. Hicieron el trayecto muchas veces y siempre de la mano.
-Recuerdas que estoy comprometida cierto?-
-No me interesa- respondió él
Los días se transformaron en meses y su cariño se transformaría en amor pero, por más fuerte que este fuera, el beso anhelado por ambos jamás se concretaría.
-Soñé que me besabas, en medio de un bosque color otoño
-Yo también lo he soñado- dijo el poeta acariciándole la negra cabellera- por qué seguir resistiéndonos.
-Cuando usted llegó mi corazón ya estaba ocupado por otro, es complicado… querer y no poder… pero me has hecho muy feliz y te lo agradezco.
-Gracias a ti por venir- dijo deslizando su mano por su costado y abrazándola.
-Es triste- dijo Carmen mientras acurrucaba su cabeza contra él- sólo en sueños podemos besarnos…
El tiempo pasaba, las hojas caían pero lo que sentían se mantenía inamovible; él la amaba pero ella tenía la última decisión y no permitiría nunca que José Manuel se enterara de su felicidad. Siguieron viéndose, siempre cercanos, siempre ocultos, se despedían con un apasionado abrazo que culminaba en un beso que nunca llegó.
-Que lindas flores- dijo ella apuntando las violetas que crecían en las macetas de la estación- son mis favoritas.
-¿Quieres una?- dijo el poeta sintiendo el cálido sol de la tarde en su rostro.
-No, las flores no deben cortarse, sólo hay que observarlas y cuidarlas… mis violetas se deshojaron esta mañana por el viento.
-Yo creo que las flores deberían poder ser libres para caminar y encontrar quien las cuide.
-Las flores son muy bobas, sobre todo las violetas, sólo buscan que las amen.
-Pero deberían conocer la diferencia entre quien las riega y quien las corta.
-Tú sabes que para mí no es sencillo, sabes que te amo, pero también lo amo a él.
– Vives en la ilusión de que él te ame – dijo mientras ya se escuchaba la locomotora acercándose
-Ya debo irme- dijo Carmen con sus expresivos ojos desbordados en sentimientos, debía abordar el tren que la llevaría a casa.
-Adiós mi violeta- fue lo que le dijo mientras se abrazaban a la vista de todo el mundo y temió no poder soltarla más- El amor no se obliga- le susurró al oído y ambos se separaron.
El amor no se obliga pensó ella mientras observaba a su amado poeta alejarse a través de la ventanilla del vagón.
-Ni tampoco se mendiga- murmuró él con su bufanda roja mientras veia el vapor de la locomotora desaparecer en el horizonte.
Tomó su maletín lleno de libros y papeles, acomodó su roja bufanda al cuello y posando su vista sobre el horizonte se dispuso a esperarla, fue entonces cuando sintió el fuerte terremoto y el dolor en su alma fue tan fuerte que estuvo a punto de vomitarla. Descompensado se dejó caer en una de las bancas de la estación y abriendo su maletín, comenzó a escribir.

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Estación Gonzalez Bastias (ex- estacion Infiernillo), 2013

 

José Manuel Presidente Avendaño volvió a Constitución cuando Carmen ya había sido sepultada y no sentía nada al respecto, ciertamente nunca la había amado, ni a ella ni a ninguna de las otras, era incapaz de amar desde aquel día frente a la animita en que su corazón se averió. Rutinariamente siguió conduciendo el ferrocarril y luego el buscarril cuando el primero fue reemplazado por esta moderna máquina a diésel. Fue testigo de la obsesión de aquel maestro de escuela por escribir los más desgarradores poemas en Infiernillo y de cómo la gente comenzó a llamarla la estación del poeta.
Sentado en la estación el poeta comenzó a plasmar todo su amor y todo su dolor en los papeles que llevaba consigo, cuando ya no le quedaron papeles tomó los libros y comenzó a escribir entre líneas hasta que no le quedó ninguna página sin escribir, luego tomó los boletos que la gente botaba y escribió en ellos los versos más desgarradores jamás escritos. Nunca dejó de escribir ni se levantó para ingerir alimento alguno, sólo escribía y escribía sin parar en los papeles que la gente comenzó a dejarle a cambio de sufridos poemas. Escribió durante años siempre pensando en su amada Carmen y sin dedicarle nunca un verso al ferrocarril; aquel que se la llevó. Los poemas se amontonaban a sus pies y ya le llegaban hasta las rodillas y era tanto el amor y el dolor que sentía lo que hizo que la producción de poemas no cesara. En cada poema, en cada verso iba dejando un trozo de él sintiendo aliviado un poco su dolor envuelto en la montaña de papel que ya tocaba el techo de la estación.
José Manuel detuvo el buscarril en Infiernillo y mientras la gente bajaba de los vagones observó la montaña de papeles que permanecía en un rincón de la estación. Echó a andar el motor e inició nuevamente la marcha al mismo tiempo que una brisa otoñal hizo volar la montaña de papel esparciéndola dentro de los vagones y por todo el poblado. En la banca de la estación sólo quedó una bufanda roja, el poeta se había ido en cada uno de sus versos llevados por el viento de otoño.
Dentro del buscarril la gente tuvo que abrir las ventanillas para dejar salir la inmensa cantidad de versos que revoloteaban por todos lados y de este modo durante todo el trayecto el convoy fue repartiendo poemas por la orilla del rio Maule. José Manuel dentro de la cabina ya se había desecho de la mayoría de los papeles, sólo quedaban los más pequeños y en mucho aspectos los más revoltosos ya que en ellos no había ningún milímetro sin escritura. Había desistido ya de tratar de atraparlos cuando accidentalmente en un bostezo se los tragó todos y aunque en ese momento no sintió nada, años más tarde comenzaría a sentir la desdicha y el remordimiento que sentía hacia la persona que inspiró aquellos desgarradores poemas.
Atormentado por la culpa siguió efectuando su trayecto en buscarril bajo el cielo gris y por primera vez fue consciente de su soledad y la sintió aún más cuando en Huinganes abordó el señor de negro que le hizo un ademan de saludo.
-Hay tanto que nunca me enseñaste- le dijo al hombre de negro que no emitió sonido alguno. El precio de los muertos por estar en este mundo es no poder emitir sonido alguno y la condena de José Manuel era la soledad por aquella vida y amor que extinguió.
Tiempo después abandonaría su trabajo en los ferrocarriles y tomando las violetas de la estación del poeta se trasladaría a Talca donde se dedicó a cultivarlas para que siempre estuvieran floridas, para así en otoño, la estación favorita, visitar a su Carmen. En un rincón sin flores ni árbol alguno la encontró tan bella y elegante como siempre.
-Te traje unas violetas- dijo con voz débil- no las corté, sé que las prefieres así.
Cavó un agujero y las plantó a sus pies, cosa que haría también durante los siguientes sesenta otoños en los que la visitaría.
Bajo las estrellas sentado junto a Carmen en su lápida de hormigón José Manuel Presidente Avendaño rodeado por el olor de sesenta años de violetas por primera vez en su vida sintió húmedos sus ojos, lo atribuyó en un principio a la primavera, pero estaban en otoño, entonces comprendió lo que era en realidad; era la misma razón por la que realizaba aquel ritual hace tantos años. Sentado junto a la muda Carmen sin miedo dejó de ocultar lo que sentía y por primera vez en su vida lloró, lloró por remordimiento, lloró por su soledad, pero por sobre todo lloró por amor.

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Puente Banco de Arena, Constitución.

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